Hace años que el cuerpo de Rubén se adapta, entre otras cosas, a los requerimientos que le exige su trabajo, el de electricista. Cada jornada de trabajo -agachado, flexionando la columna y los brazos hacia adelante colocando enchufes, o extendiendo y rotando la columna mientras mantiene los brazos elevados para colocar artefactos de luz en los techos, resolviendo instalaciones en lugares incómodos- le exige a su Sistema de Movimiento Corporal encontrar la manera de cumplir con la tarea sin claudicar. Y lo logra: termina el día, vuelve a casa sentado en su auto, donde también su cuerpo se debe adaptar a la posición de manejo y a las condiciones de la butaca. Cuando llega a su casa y decide descansar en su sillón favorito, Rubén vuelve a recurrir a la capacidad de adaptación para permanecer en esa complicidad entre lo que el cuerpo le permite y el sillón le ofrece. Es en ese momento, o tal vez haya sucedido antes, cuando Rubén llega a identificar que ya no le resulta tan fácil responder a las exigencias del trabajo, o que ni el auto ni el sillón le resultan tan cómodos como antes; registra que algo pasa, ya que al final del día se va a dormir con algo de dolor en la zona lumbar.
Lo que Rubén tal vez no concientiza, ni tiene por qué hacerlo, es que cada una de esas y otras actividades requieren de adaptaciones corporales y estas dependen, literalmente, del aporte a la movilidad general que hace el movimiento de cada una de sus articulaciones. Y que la misma estructura que durante años le permitió responder es también la que, con el tiempo, empezó a ponerle límites. Lo que Rubén sí sabe es que hoy, además del dolor lumbar que va y viene, hay gestos en los que se siente “trabado”.
Se establece así una paradoja -la articulación como aquello que habilita la adaptación y, a la vez, como aquello que la restringe- que es el tema de esta nota.
La adaptación pasa por el movimiento articular
Adaptarse es, para el sistema neuro-músculo-esquelético, una tarea permanente. Frente a las demandas de cada actividad, el cuerpo pone en marcha estrategias de adaptación (EA) para sostener el nivel de funcionalidad, y mecanismos de defensa (MD) para protegerse de aquello que interpreta como amenaza o perturbación (Souchard, 2012). Estas modificaciones corporales adaptativas -cambios en la postura y en el funcionamiento- dependen en gran medida de tres recursos: el movimiento articular en cada una de las articulaciones y en el conjunto del sistema, la flexibilidad del tejido fascial, y los recursos cognitivos con los que se elaboran las estrategias.
El primero de esos recursos es decisivo y suele subestimarse. Sin movimiento articular no hay adaptación posible. Cada grado de libertad disponible es una opción que el sistema puede usar para reorganizarse, redistribuir cargas, esquivar una zona conflictiva o encontrar una nueva forma de hacer lo que necesita hacer. Cuanto más amplio y disponible es el repertorio de movimiento, más margen tiene el sistema para resolver.
Un diseño pensado para el movimiento
ENo todas las articulaciones aportan lo mismo a ese repertorio. Las articulaciones sinoviales -las diartrosis- son las más móviles del sistema, y por eso mismo las más relevantes cuando hablamos de capacidad de adaptación: son ellas las que, ante una disfunción, más modifican la cantidad y la calidad del movimiento, lo cual muchas veces compromete la calidad de vida.
El diseño de las articulaciones sinoviales favorece el deslizamiento entre las superficies, y es ese deslizamiento el componente principal del movimiento articular o movimiento artrocinemático (artro-articulación, cinemática-parte de la física que estudia los movimientos sin ocuparse de sus causas). Dos superficies recubiertas de cartílago bañadas con un líquido especializado (líquido sinovial) hacen una superficie con un coeficiente de fricción extraordinariamente bajo. Esto permite que una superficie se deslice sobre otra con un costo energético mínimo, además de evitar el incremento de la temperatura que provocaría el roce entre las superficies. Por otra parte, la geometría articular hace que cada articulación ofrezca un repertorio distinto de movilidad artrocinemática: las esferoideas, como la coxofemoral y la escapulohumeral, brindan la mayor amplitud y variedad de direcciones; otras, más restringidas, aportan estabilidad a cambio de movilidad. El deslizamiento en dichas condiciones y la geometría articular son la base material de la eficiencia de la artrocinemática -el componente cualitativo del movimiento corporal- que aporta a la movilidad corporal general.
Visto así, el conjunto de las articulaciones sinoviales constituye algo más que un sistema de bisagras: es el banco de recursos desde el cual el Sistema de Movimiento Corporal elabora sus adaptaciones, recurriendo al principio de reserva articular. Principio por el cual se establece que la movilidad total depende del aporte de la movilidad específica de cada unidad cinemática y que la pérdida de esta será compensada, dentro de lo posible, por unidades funcionalmente relacionadas para un gesto motor determinado.
El movimiento que nutre: un círculo virtuoso
Hay un detalle que vuelve la relación articulación-movimiento todavía más estrecha. El cartílago articular no tiene irrigación propia: se nutre a través del líquido sinovial, y es el movimiento el que distribuye ese líquido sobre la superficie. Las presiones intermitentes incorporan líquido al cartílago; el movimiento variado lo distribuye y de esa manera se mantiene hidratado y bien alimentado.
Esto significa que el movimiento no sólo expresa la salud articular, sino que además contribuye a ella. Y que la variabilidad de la carga -cambiar de posición, alternar apoyos, no sostener indefinidamente la misma demanda- es, en sí misma, un factor protector (Stergiou & Decker, 2011). Se cierra así un círculo virtuoso: el movimiento y la variación de este, incluidos los cambios de posiciones, contribuyen a mantener la funcionalidad que, a su vez, hace posible el movimiento y la adaptación. Mientras ese círculo gira, la articulación se mantiene como recurso disponible.
El reverso: la misma estructura que limita
El problema es que ese círculo también puede invertirse, y aquí aparece la otra cara de la articulación sinovial. La misma materialidad que habilita la adaptación impone condiciones que, cuando no pueden darse, se vuelven límite.
El cartílago y los tejidos de contención se comportan como materiales viscoelásticos: ante una carga sostenida o monótona se deforman de manera progresiva, y esa deformación tiene un componente remanente que se va acumulando con el tiempo y la frecuencia (Solomonow, 2012). Las cargas constantes, además, comprometen la hidratación y la nutrición del cartílago. Dicho de otro modo: lo que mantiene sana a la articulación es el movimiento variado, y lo que la deteriora es justamente la quietud bajo carga -la postura sostenida, la repetición sin pausa, la monotonía-. A esto se suman fenómenos como el exceso de coaptación, que reduce el deslizamiento, y, en el extremo, el desgaste y la degeneración, que pueden derivar en cambios estructurales irreversibles. Ese es el límite duro: hay deterioros que ya no se revierten y que marcan un techo a la recuperación de la función.
Lo más interesante -y lo más clínicamente relevante- es que la adaptación puede volverse contra sí misma. Las EA y los MD que protegen en el corto plazo (un cambio postural para descargar una zona, un aumento del tono para “blindar” un segmento) tienden, si la situación perturbadora no se modifica, a sedimentarse: el tono se sostiene, el tejido fascial se densifica, aparece la retracción. Y todo eso reduce el movimiento articular. La estrategia que ayer fue solución, con el tiempo se convierte en parte del problema.
Cuando se achica el margen de adaptación
Acá está el nudo. A medida que el movimiento articular disminuye -en una unidad funcional o a nivel global- el sistema cuenta con menos recursos para lograr las adaptaciones necesarias. El principio de las reservas se queda sin reservas. Y con menos margen para adaptarse, aparecen los conflictos funcionales, la sintomatología y, eventualmente, las lesiones. La disfunción articular es, en esta lectura, el punto donde el recurso se agotó: la articulación que debía aportar opciones ahora resta.
Es lo que probablemente le está pasando a Rubén. Años de involucrarse de un modo particular con sus actividades, la necesidad de mantener posiciones por tiempos prolongados que inducen a un aumento de tono muscular sostenido y la densificación del tejido conjuntivo, fueron organizando un terreno de predisposición para la disfunción articular. Las reservas se fueron agotando hasta que un día apareció el “estoy trabado”: una disfunción que estrecha aún más su margen y que se expresa como síntoma. En Rubén, lo llamativo no es cuánto se ve, sino cuánto se le redujo el repertorio disponible.
Adaptarse dentro de los límites de la materialidad
Esta tensión entre posibilidad y límite no es un accidente: es constitutiva. El Sistema de Movimiento Corporal se autoorganiza y desarrolla comportamientos adaptativos, pero siempre dentro de las posibilidades y limitaciones que le impone la materialidad del cuerpo (García, 2006). De ahí que aquello que resume bien el asunto sea: nos movemos más como podemos, y dentro de ciertos límites, que como queremos o necesitamos.
La articulación sinovial es, quizás, el lugar más concreto donde esa frase se vuelve tangible. Es la bisagra material entre la estructura, la forma y la función del Ser global. Cuando la estructura está alterada, la función puede seguir siendo efectiva -el objetivo se cumple-, pero deja de ser eficiente: se logra con mayor costo energético y mayor sobrecarga sobre las partes involucradas. Esa pérdida de eficiencia es, muchas veces, el precio silencioso de seguir adaptándose con un repertorio empobrecido.
Devolver capacidad de adaptación
Si la articulación sinovial aporta y limita la adaptación, entonces el horizonte terapéutico se vuelve claro. Uno de los objetivos generales de la RPG es, precisamente, recuperar el movimiento segmentario y global para devolverle al sistema de movimiento corporal su capacidad de adaptación. No se trata de “liberar” una articulación trabada, sino de restituir el margen con el que el sistema vuelve a tener opciones.
Y cuando la situación perturbadora no puede modificarse -porque hay un componente estructural ya instalado-, el trabajo no se detiene: se orienta a ampliar las posibilidades donde si es posible lograr cambios o reducir el efecto negativo de las estrategias de adaptación, de modo que estas puedan seguir operando, pero con menos consecuencias adversas. Para Rubén, esto significa que el objetivo no termina en el segmento en el que hoy él se siente “bloqueado”, sino en recuperar disponibilidad de movimiento para que su cuerpo pueda volver a hacer lo que su trabajo le exige, manejar el auto o sentarse en su sillón favorito con menos costo y menos riesgo.
La articulación sinovial le dio a Rubén, durante años, la posibilidad de adaptarse. La tarea, ahora, es ayudar a que se la siga dando.
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Artículo redactado por:
Mario Korell
Lic. Kinesiólogo Fisiatra MN 5055
Prof. Universitario
Mag. En Educación para Profesionales de la Salud
Director de RPG Latam
Referencias:
García, R. (2006). Sistemas complejos: Conceptos, método y fundamentación epistemológica de la investigación interdisciplinaria. Gedisa.
Solomonow, M. (2012). Neuromuscular manifestations of viscoelastic tissue degradation following high and low risk repetitive lumbar flexion. Journal of Electromyography and Kinesiology, 22(2), 155-175.
Souchard, P.-E. (2012). Reeducación postural global: RPG. El método. Elsevier España.
Stergiou, N., & Decker, L. M. (2011). Human movement variability, nonlinear dynamics, and pathology: Is there a connection? Human Movement Science, 30(5), 869-888.